lunes, 10 de noviembre de 2008

Argentine air defences found at surrender. Defensas aéreas Argentina, encontrada luego de la rendición.

Our thanks to Nicholas Wood for providing the information for this page.

Army

  • 601st Air defence artillery group.
    • 1 Cardion TPS-44 long range radar.
    • 1 Roland SAM system.
    • 4 x Tigercat SAM triple launchers.
    • (6 x Skyguard fire control radars) controlling 12 x Oerklikon GDF-002 35 mm twin cannons .
    • 3 x Rheinmetall twin 20 mm anti-aircraft guns.
  • B Battery, 101st Anti-Aircraft regiment.
    • 8 x 30 mm Hispano Suiza guns.
    • 10 x 12.7 mm machine guns
Air Force
  • Airfield defence group.
    • 1 Westinghouse TPS-43F long range radar.
    • 1 Super fledermaus fire control radar.
    • 1 Elta short ranged radar
    • 3 x Oerlikon twin 35 mm guns. (3 guns later moved to Goose Green)
    • 9 x Rheinmetall twin 20 mm anti-aircraft guns. (6 moved to Goose Green)
    • Numbers of SA-7 and Shorts Blowpipe man portable short ranged SAMs.
    Navy
    • No. 1 Marine Air Defence Battalion:
      • 3 x Tigercat SAM triple launchers.
      • 12 x Hispano HS-831 30 mm anti-aircraft guns.
    Totals: (47 x AA guns and 8 x SAM systems)
    • 15 x Oerlikon GDF-002 35 mm twin cannons
    • 6 x Skyguard and 1x Super fledermaus fire control radars
    • 12 x Rheinmetall twin 20 mm anti-aircraft guns.
    • 20 x Hispano Suiza HS-831 30 mm anti-aircraft guns
    • 7 x Tigercat SAM triple launchers.
    • 1 x Roland SAM system.

    Argentine air defences found at surrender

    Carta al Soldado Ingles que Mate en la Batalla de Monto Longdon

    Por el, entonces, Teniente Primero, Enrique Neirotti.

    “Carta al soldado inglés que maté en la batalla de Monte Longdon”. (Historias de los que pelearon en la guerra)

    Bs. As., diario Clarín, 3 de abril de 2002 Teniente coronel Enrique Neirotti

    Golpeado por la crudeza de la guerra decidió seguir el consejo de una de las psiquiatras a las que consultó y se desahogó escribiéndole una carta a un enemigo. Las huellas que deja el combate.

    ¿Sabe una cosa? Un veterano siempre piensa en Malvinas, en el combate. Siempre. Es como si, veinte años después, el combate continuara. Uno se pregunta si pudo hacer las cosas mejor, si pudo ayudar más a nuestros heridos, a los heridos ingleses. Yo era entonces el teniente primero Enrique Neirotti. Había llegado a las islas el martes 13 de abril, en un avión de Aerolíneas Argentinas, sin asientos. Dos días después tomamos posiciones en Monte Longdon, a once kilómetros de Puerto Argentino, y el 17 de abril el mayor Carrizo Salvadores, jefe en Monte Longdon, vino a decirnos que trabajáramos bien en la defensa porque los ingleses, con lo primero que se iban a encontrar, era con nosotros. Éramos la primera línea de combate.

    Monte Longdon fue un combate terrible. Empezó el 11 de junio a las nueve de la noche. Los paracaidistas ingleses y los guardias galeses avanzaban por sobre el campo minado y haciendo fuego. Fue un combate franco, de extrema violencia. El campo de combate parecía una autopista iluminada por las bengalas y por las balas trazantes. Hoy, hasta los artificios de la Fiesta de la Vendimia, en Mendoza, me recuerdan esa batalla. Es con esos recuerdos que uno tiene que aprender a convivir. Y no es fácil.

    Vea, yo soy un soldado profesional. Siempre digo que a los soldados profesionales nos preparan para la batalla, para el antes y para el durante. Pero no para el después. En un campo de batalla uno se toma de la mano de la muerte, ¿sabe? Y si la adrenalina pudiera verse, ese campo estaría inundado de ella. Recuerdo todavía al cabo primero Martínez, herido, que me grita que la artillería enemiga le mató al soldado Araujo y a su compañero. Veo a otro soldado caminar a los gritos, con sangre en los oídos y la boca, alcanzado por una onda expansiva. Veo todavía a un soldado argentino, desarmado, adelantarse para rescatar a dos heridos nuestros. A mí me hirieron en una pierna y ni siquiera me di cuenta porque en las venas corre adrenalina pura. Peleamos cara a cara con el enemigo, a bayonetazos. Usted podía verles las caras a los ingleses y ellos a nosotros, en plena noche iluminada por el fuego de la muerte. Todavía escucho los gritos de terror y los desagarradores alaridos de dolor de nuestros hombres y de los ingleses. A eso debe acostumbrarse uno. El veterano siempre va a recordar todo, paso a paso, como en una película, incluso, créame, a veces los ve en cámara lenta. Y con eso hay que convivir de por vida.

    No es algo que pueda hacerse fácil y, en muchos casos, sin recurrir a la atención de un profesional. No nos tiene que avergonzar decir que muchos necesitamos de ayuda psiquiátrica. Uno quiere curarse. Yo quiero curarme. Estoy en tratamiento en el Hospital Militar de Campo de Mayo y cada veinticinco o treinta días recibo atención personalizada y medicación, monodrogas que hay que cambiar a menudo porque crean acostumbramiento...

    Pero lo más importante es la psicoterapia. Mire, yo partí en dos a un inglés con mi ametralladora pesada. Cayó a pocos metros de donde estábamos nosotros. Y el fuego era tan intenso que no podíamos socorrerlo, ni a él ni a los nuestros. Lo escuché agonizar durante no sé cuantas horas, y todavía oigo sus gritos. Ese recuerdo me persiguió y me persigue todavía, aunque con menor intensidad porque aprendí a llevarlo conmigo. Fue a partir de que una psiquiatra de Mendoza, la doctora Lola Gómez de Pérez, puede poner el nombre, no creo que le moleste y se lo merece, me dijo: “Escribile una carta al soldado inglés que mataste”. Entonces un día me senté y le escribí una carta a ese hombre al que jamás conocí. ¿Quiere que se la lea?

    En Mendoza, Argentina, después de la guerra

    AL SOLDADO INGLES:

    Fuimos preparados como soldados para defender los intereses de nuestra patria, lamentablemente nuestros intereses estuvieron encontrados, en consecuencia tuvimos que representar cada uno a nuestro país, a millones de compatriotas y en esa confrontación es donde participamos ambos, fuimos los gladiadores de nuestra civilización. Nosotros somos el resultado de la falta de diálogo, entendimiento y tolerancia de nuestros estadistas.

    Si bien estamos para “eso”, a partir de 1982, en nuestra vida, ha un antes y un después de la guerra, por lo menos para nosotros es así. Si bien el brazo armado de la patria está para ello, también es cierto que la responsabilidad de defenderla es de todos los ciudadanos de nuestra sociedad, por ello estuvimos frente a frente.

    Nuestra vivencia en Malvinas fue tan dura con la de ustedes; nosotros estábamos esperándolos en un terreno, fijo, buscando la forma de cómo producir la máxima cantidad de bajas en el enemigo, y ustedes cómo producir bajas en nuestras posiciones. En las prácticas que uno realiza como soldado, lo más medular y significativo está en el ataque final sobre las posiciones enemigas y en el asalto a las posiciones defensivas, es decir que a ustedes le tocó la peor parte. Lamentablemente me puedo imaginar qué significó dicho ataque para ustedes, debió ser muy difícil lanzarse sobre nuestras posiciones, sabiendo que las posibilidades de quedar en el camino (muertos o heridos) eran muy grandes. Sin embargo vi cómo avanzaban por el campo minado y cómo “volaron” por las minas antipersonales: se necesita valor para caminar sobre la muerte; vi cómo municiones trazantes perforaban el cuerpo de nuestros adversarios. Te vi caer producto del fuego de mi ametralladora y la de mis soldados. Vi como la artillería naval y de tierra inglesas batían nuestras posiciones y cómo vibraba nuestro cuerpo con cada explosión. El techo de munición trazante luminoso de armas automáticas que iban y venían era tan voluminoso que jamás me lo puede imaginar, la realidad supera la ficción de las películas.

    Previo a nuestro combate, mientras ustedes avanzaban yo trataba de mantener el máximo de fuego, en la desesperación de que no lleguen a nosotros, porque sabíamos que era nuestro fin y sé que ustedes querían llegar rápido para producir nuestras bajas, ambos queríamos que esta guerra se acabe pronto, la presión psicológica era enorme y el hombre se despersonaliza en el combate, si se pudiera ver la adrenalina, el campo de combate estaba regado de ella. Íntimamente sabíamos que Monte Longdon y Dos Hermanas eran la bisagra del éxito o el fracaso de los combates y que sería carnicero y sangriento y que casi todas las bajas se iban a producir en horas.

    Fuimos la herramienta de la incomprensión humana, tu vida quedó en el camino y hoy siento profundamente tu desaparición. Hoy sé que no fue mi íntima intención provocarte la muerte. Sé que tu familia te llora, que te extraña tu madre, tu padre, tu esposa, tu hermano, tu hijo, tu novia. Hoy, en vida, sufro tu desaparición, porque fui parte de ella; también honro tu valentía manteniéndote en la memoria, porque no me permitió olvidarme de cada uno de esos momentos, de tus últimos gritos de dolor y los tengo presentes como si hubieran ocurrido hace unos instantes.

    El combate que nos enfrentó nos iba a provocar heridas graves. Sabíamos que era la vida o la muerte. Como ser humano y cristiano no me puedo sentir orgulloso de haber matado, tan sólo cumplí con mi misión. Lo que no sabíamos es que después de sobrevivir el combate, el resto de la vida llevaré la cruz y el dolor del corazón de esos momentos.

    Soldado: aún los que más te conocieron no supieron de tu sufrimiento en los últimos instantes, nunca supieron de tu valor. Sabías que ibas a morir y sin embargo avanzabas, sólo lo vio tu compañero que estaba al lado y te sobrevivió, y yo, que produje y vi tu caída.

    Entre otras cosas que quería decirte es que jamás podré olvidar esos momentos tan violentos, de tu valor, porque diste lo más preciado a tu país. Mi mayor de los respetos a tu actitud y tendré siempre presente el dolor de tu familia.

    Aunque la guerra interior para el veterano continúa, siempre quise expresarte mi sentimiento y sólo se me ocurría que sería en Buenos Aires o en Londres, con flores y mi recuerdo por tu desaparición. Entiendo que el destino quiso que así ocurriera, que Dios nos da pautas para la humanidad, pero los humanos con frecuencia hacemos cosas difíciles de entender, como en el combate en que nos enfrentamos. Yo fui herido en combate por tus camaradas, pero Dios no quiso que te acompañara en ese momento. De haberse invertido los hechos entre ambos, estoy seguro que sentirías lo mismo que siento hoy y que no podrías olvidar jamás esos momentos y que te acompañaría por siempre en el dolor del alma que se siente cuando uno decide sobre la vida y la muerte de otras personas.

    Que Dios te acompañe en tu reposo.

    Un soldado de Monte Longdon.

    Ya ve: uno lleva siempre la guerra adentro. Después de veinte años hoy sé que cumplimos por la Patria nuestra misión como soldados. Y que tenemos muchos héroes anónimos. Que el veterano jamás va a olvidar y que esos recuerdos pueden ser abrumadores si el hombre no es debidamente contenido por un profesional. Que el número de veteranos que se han suicidado en la posguerra es casi igual al número de muertos en las islas por los ingleses. Y que esos suicidios van a seguir si no se ayuda, se comprende y se reconoce a los veteranos.

    Yo creo que aún hoy, los representantes del pueblo no han saldado las deudas con los veteranos. Y que ese desamparo, esa indiferencia que los veteranos sienten de parte de la sociedad, es un drama que proyecta una onda expansiva que afecta a su familia directa. Una guerra deja huellas en mucha gente, no sólo en los que combatieron.

    Nosotros sentimos que, más allá de la derrota, no defraudamos a nuestro pueblo. Que a pesar de las traiciones, porque nos traicionaron países vecinos y países que se llamaron mediadores, nosotros cumplimos, todos, con nuestro deber de soldados con extrema amplitud y con mucha dignidad.

    Como le dije, en el campo de batalla uno se toma de la mano de la muerte. Allí aprendí que los argentinos somos seres humanos, de una gran capacidad de adaptación y de corazón amplio, sensible y solidario. Hoy, con tristeza y con impotencia, veo a mi Patria, por la que tantos hombres ofrendaron sus vidas, diezmada por intereses mezquinos. Y tengo miedo de que esa traición sea aún mayor, más terrible y más destructiva que la de hace veinte años.

    No hay un día en el que no recuerde la guerra. Tampoco hay un día en el que no me pregunte si sirvió de algo el sacrificio de tantos héroes.

    ¿Usted qué piensa?

    miércoles, 2 de julio de 2008

    Como fue el 2 de abril, contado por el Buzo Tactico Cabo Jacinto Batista

    cabo jacinto batista Cómo fue el 2 de abril, contado por el hombre que hizo rendir a los ingleses
    Por Guido Braslavsky, Clarín, 1º de abril de 2002, Buenos Aires, Argentina

    Jacinto Batista es el símbolo de la toma de las islas, en 1982. A semanas de su retiro, recordó ese día en un diálogo con Clarín, en la base de la Armada de Puerto Belgrano. "Teníamos orden de no matar", dijo.

    Lleva un gorro de lana, el rostro ennegrecido con pintura de combate y la actitud resuelta. El fusil le cuelga del hombro, asido con la mano derecha, mientras con el otro brazo ordena la fila de tres fornidos prisioneros ingleses, manos alzadas, rendidos. Jacinto Eliseo Batista es el protagonista de esa foto que dio la vuelta al mundo, transformándose en un símbolo de la toma de Puerto Argentino, aquel 2 de abril de 1982. Veinte años después, a punto de cumplir 52 y a menos de dos meses de pasar a retiro luego de 35 años en la Armada, el suboficial mayor Batista enciende su cuarto cigarrillo en la temprana y húmeda mañana de Punta Alta y asegura: "No tengo nostalgias de Malvinas. Fue una etapa en mi vida y en mi carrera. Hubo una orden y se cumplió. Para eso nos paga el Estado".

    No todos los integrantes de la Agrupación de Comandos Anfibios que rindieron a los británicos sienten probablemente del mismo modo que este entrerriano de Colón, que asegura que no tendría interés en regresar a Malvinas como invitado o como turista. Aunque cabe creerle cuando afirma que "si el Estado me manda recuperarlas otra vez, allí estaría". Es que, como todo soldado de elite, Batista está hecho de una madera especial. Los comandos anfibios son al mismo tiempo buzos, paracaidistas, comandos y expertos en reconocimiento en agua y tierra. Aprenden a caminar dormidos, a exigirse, a soportarlo todo. Soldados formados para la guerra, son el reverso de tantos chicos que no eligieron Malvinas como destino, ni vivir una guerra ni morir en ella.
    Quizá por eso Batista nunca tuvo miedo. Ni en el arranque, cuando embarcaron en Puerto Belgrano en la fragata "Santísima Trinidad", con rumbo desconocido, aunque ya todos sospechaban que iban a Malvinas a ejecutar una operación real.

    "Recién en alta mar, para evitar filtraciones de información, nos dieron las directivas. Desembarcamos el 1ø de abril, poco después de las 21. Yo era el bote-guía, y de la línea de playa en adelante el explorador. Sólo teníamos un visor nocturno y lo llevaba yo, que iba 200 metros adelante.
    "Estábamos convencidos de que los ingleses nos estaban esperando. Caminamos toda la noche. Los objetivos eran el cuartel de los Royal Marines y la casa del gobernador. Teníamos orden de no matar, porque probablemente el plan era tomar las islas y negociar la retirada.

    "Nos separamos en dos grupos. Yo fui al cuartel, pero no había nadie porque los marines estaban afuera cubriendo objetivos. Allí izamos la Bandera argentina por primera vez. El grupo que fue a la casa del gobernador, en cambio, encontró una resistencia importante, se oían disparos en forma permanente.
    "Ya había casi aclarado, y la resistencia seguía. El primer inglés que encontré era un francotirador con un fusil Mauser. Lo desarmé. Cuando nos reunimos en la casa la situación estaba casi dominada.
    El único muerto en esa acción —el primero de la guerra— fue el capitán Pedro Giachino. "Cuando llegué ya estaba herido. Había entrado a la casa y al salir, le dio un soldado que disparaba desde una línea de árboles cercana. Le pregunté, ''qué te pasó, Pedrito'', y le toqué la cabeza. Estaba consciente, pero muy pálido; había perdido mucha sangre y se estaba muriendo."
    Batista no recuerda en qué momento, en ese día frenético, el fotógrafo Rafael Wollman lo captó junto a sus prisioneros. Sabe, sí, que esa imagen es un retrato implacable del orgullo herido del viejo león imperial. "El 14 de junio andarían buscándome con la foto en la mano para sacarme con los brazos arriba", supone, sonriente.
    Pero el cabo principal Batista ya no estaba en Puerto Argentino el día de la caída. Ese mismo 2 de abril los comandos volvieron al continente. Batista jamás regresó a las islas, aunque estuvo a punto de hacerlo, producido el desembarco británico, en una misión de infiltración que fue abortada con el Hércules carreteando en la pista.
    Porque los ingleses vinieron y pelearon. En los años 50, a propósito de Chipre, el escritor inglés Lawrence Durrell definió con ironía lo que llamó la proposición colonial central: "Si uno tiene un Imperio no puede entregar trozos del mismo cada vez que se los piden". Y menos por la fuerza, al estilo de Galtieri y la cúpula militar argentina, en cuyos cálculos erróneos jamás estuvo la reacción británica.
    "Los británicos no eran mejores que nosotros. Tuvieron, sí, más medios y apoyos. De los norteamericanos y los chilenos. Pero si la Argentina hubiese tenido la firme convicción de pelear...", dice Batista, y deja la frase por la mitad, como interrogante.
    Y vuelve a que Malvinas fue una etapa, "obligación y premio" en su carrera, en la que alcanzó la máxima jerarquía y el mayor cargo al que podía aspirar, encargado de componente de la Infantería de Marina. A días del retiro, no oculta una decepción: para la ley dejará de ser veterano y de cobrar el suplemento de 350 pesos.
    Para Batista empieza la "etapa personal" junto a su familia, que hace seis años, después de acompañarlo siempre en distintos destinos, echó anclas en Colón, ciudad natal de él y de su esposa, Elsa Marina Matei. También lo esperan allí sus tres hijas, Andrea (21), Nadia (17) y Bárbara (13).
    De la vida militar va a extrañar dos silencios únicos. El que sigue a lanzarse en paracaídas, idéntico, asegura, al del "escape" del submarino, porque las máquinas se alejan tan rápido que sólo queda el hombre, la inmensidad, y ese silencio. De Malvinas, tendrá por siempre una convicción, que expresa, de verdad, sin nostalgias: "Son argentinas y alguna vez volverán a nuestro dominio".

    El autor de estas fotos, es Rafael Vollman.

    Malvinas15

    Batista

     

    Monumento Homenaje a Caídos en Malvinas Buenos Aires . Argentina

    Monumento_Malvinas_Plaza_San_Martin_I

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    17 SEP 07 Murió Jeremy Moore, el general que condujo a las tropas británicas en Malvinas

    610x El general británico retirado Jeremy Moore, quien en 1982 condujo a las tropas inglesas en la Guerra de Malvinas, murió el sábado a los 79 años, anunció hoy el diario inglés "The Times".
    El periódico, único diario británico que informó la muerte de Moore, publicó hoy una nota necrológica del hombre que recibió la rendición del comandante de las tropas argentinas en el archipiélago y gobernador militar de las Malvinas, Mario Benjamín Menéndez.
    El Ministerio de Defensa británico, consultado por la agencia AFP, no quiso hacer ningún comentario sobre el fallecimiento y adujo que "ya no estaba en servicio activo".
    Moore, quien aceptó la rendición del jefe de las tropas argentinas en Malvinas recordó, en una larga entrevista en marzo con la agencia francesa, el "miedo" que tuvo el 14 de junio de hace 25 años de que la Argentina no firmara la rendición.
    "Tuve miedo de que el general (Mario Benjamín) Menéndez dijera que no podía aceptar el acta de rendición y que los combates siguieran", recordó Moore, en la entrevista realizada en los jardines de su casa situada en una pequeña aldea en la campiña inglesa, en los que pasaba su tiempo escuchando música clásica.
    Moore expresó también en esa ocasión su admiración por la Dama de Hierro, Margaret Thatcher. "Estaba muy nervioso porque pensaba que si Menéndez no firmaba, muchas otras personas morirían innecesariamente al reanudarse los combates. Ya sea isleños o de ambas fuerzas", contó.
    Moore, que tenía 54 años cuando estalló el conflicto bélico con la Argentina, explicó que esa preocupación le llevó a eliminar el término "incondicional" del acta de rendición.
    (Fuente: DyN)

    image

    Ahora falta esta vieja de MIERDA.- Un obelisco para cuando muera.

    martes, 1 de julio de 2008

    Monumento conmemorativo Guerra de las Malvinas en Ushuaia.

    Este es el monumento de la Guerra de Malvinas en Ushuaia, Argentina. Lugar que algun dia conoceré.-

    ushuaia

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    miércoles, 25 de junio de 2008

    Escuadrón de Exploración de Caballería Blindando 10 - Vivencias de un Veterano

    Fuente: www.elmalvinense.com.ar

    ESCUADRON DE EXPLORACION DE CABALLERIA BLINDADO 10

    Esto que transcribo a continuación, es un resumen de una historia de valor y heroísmo, la historia de una UNIDAD, y remarco lo de UNIDAD porque eso es lo que fuimos, somos y seremos por y para siempre, la historia del Glorioso ESCUADRON DE EXPLORACIÓN DE CABALLERIA BLINDADO 10, única UNIDAD de Caballería que combatió (a pie) en la Gloriosa Gesta de Recuperación de nuestras Islas Malvinas, historia que, vaya a saber por que extraños vericuetos, es omitida y dejada de lado en el momento de hablar y contar sobre la heroicidad de los efectivos del Ejercito Argentino.

    Esta es la historia de una UNIDAD formada por 150 hombres, los cuales a partir de ser incorporados a sus filas, no solo se convirtieron en SOLDADOS, sino que se convirtieron en HERMANOS, quienes junto a los suboficiales y oficiales, siguen, aun hoy, juntos y unidos como hace 24 años ("AGUANTE EL ESCUADRON"):

    TRES NOCHES CON SUS DIAS

    Por el Coronel de Caballería RODRIGO ALEJANDRO SOLOAGA

    Hoy General de Caballeria retirado

    La guerra constituye, a no dudarlo, un hecho extremo, un episodio brutal, que cambia la historia de los bandos participantes y también de los individuos involucrados.

    Como participante de la llamada "GUERRA DE LAS MALVINAS", puedo dar testimonio de lo expresado. Mi vida profesional y personal ha quedado marcada por los episodios vividos.

    El presente relato, sin otras aspiraciones que la de ser eso, un relato, tiene la modesta intención de compartir algunas de las vivencias de aquel momento, con la perspectiva que da el hecho de escribirlo dieciséis años después de ocurridas.

    Como es dable imaginar, el tiempo transcurrido entre el 2 de abril y el 14 de julio, puede ser cronológicamente corto, pero emocionalmente resulta sumamente largo.

    En consecuencia, me limitaré voluntariamente en el alcance de mis recuerdos, tratando de circunscribirlos a los momentos de mayor carga emocional, de mayor contenido, a aquellos transcurridos en los últimos días, cuándo el combate llegó a nuestra zona de responsabilidad, imponiéndonos el tener que enfrentarnos con el otro gran protagonista de esta historia, el enemigo.

    Sin embargo, antes de comenzar con el recuerdo de lo sucedido en el lapso del 11 al 14 de junio, es importante tener en cuenta que ello se desarrolló en un marco temporal más amplio, lo que implica que existe un antes y un después que, aunque brevemente, voy a abordar.

    El "ANTES"

    Cómo no recordar la profunda emoción que me embargó, cuando al despertar, el 2 de abril, tomé conocimiento de la recuperación de nuestras ISLAS MALVINAS. Emoción que continuó durante el período previo a conocer que el destino del Escuadrón sería el de participar en las operaciones, incrementándose significativamente a partir de la recepción de las órdenes para cruzar a las Islas.

    Cómo no recordar las febriles jornadas previas a la partida, la multiplicidad de tareas, las idas y venidas, la búsqueda de la inalcanzable perfección en los preparativos.

    Un párrafo aparte para los soldados, los incorporados, con su predisposición y entusiasmo al máximo nivel y los convocados, que brindaron una respuesta tan rápida y eficiente que resultó conmovedora.

    Llegó así el momento de la partida, interpretada por todos como la cristalización de un postergado pero siempre latente anhelo.

    El 16 de abril llegamos al aeropuerto de lo que pocos días después pasaría a llamarse PUERTO ARGENTINO.

    Después de reunir el Escuadrón, que transitoriamente se había separado como exigencia de los planes de transporte, nos aprestamos a pasar la primera de una larga serie de noches en las ISLAS MALVINAS. Cabe agregar que no todas serían tan tranquilas como ésta.

    Recibida la orden de defensa impartida por el Comando de Brigada, tomamos conocimiento de la que, con algunas variantes posteriores, sería nuestra misión.

    Cuál no sería nuestra sorpresa cuando comprobamos, a partir de ella, que el Escuadrón debería actuar separado, llegado el momento, constituyendo dos elementos de reserva del dispositivo defensivo.

    En lo personal, pese a ser 2do Jefe, pasé a ser un jefe "a plazo fijo", situación que se concretaría en el momento de la verdad, esto es, en el momento de ser empleada la fracción a mis órdenes. La opción de serlo, me produjo una carga adicional de responsabilidad, inquietud, incertidumbre y, por qué no, de orgullo y satisfacción, por poder conducir un elemento en combate, por pequeño que éste fuera.

    Como lógica consecuencia, ocupamos nuestra zona de reserva, inicialmente apoyados sobre una construcción que nos brindaba comodidad, abrigo y cierta dosis de confort. Todo ello fue rápida e involuntariamente abandonado el 1 de mayo, como consecuencia del bombardeo británico.

    Nos desplazamos a un posición próxima en la cual permanecimos seguros, gracias a la acertada decisión del Jefe de Escuadrón, hasta que llegó la hora de la verdad.

    Fue allí, cerca de la zona de MOODY BROOK, donde pasamos el lapso previo a las tres noches con sus días que mencioné. Fue allí donde armamos nuestras carpas, instalamos nuestro eficiente y apreciado rancho, allí donde entregamos y recibimos material, donde completamos nuestras provisiones, en fin, donde velamos nuestras armas en la larga vigilia previa al combate. Fue allí también donde fuimos actualizando nuestras previsiones al unísono con los cambios de planes, donde sufrimos los rigores del clima y los primeros efectos de la humedad, donde seguimos paso a paso la evolución de las operaciones por la radio, que, con su carga de inexactitudes, nos llevó a escuchar que estábamos combatiendo en SAN CARLOS, sin habernos movido de ese lugar.

    Pero también fue allí donde vivimos intensamente los dos meses que pasaron desde nuestra llegada, allí donde reímos y lloramos, allí donde imaginamos cada episodio del combate a librar, allí donde profundizamos nuestros afectos de soldados, donde nos contamos nuestras vidas, donde recordamos y añoramos a nuestras familias, donde escribimos y recibimos noticias de nuestros seres queridos, donde fuimos dejando día a día nuestra condición de novatos y bisoños en estas lides, para convertirnos en curtidos soldados.

    Una vez más, fue allí donde el tiempo y los hechos nos hicieron cambiar nuestra percepción de la situación, pasando del cándido e inocente entusiasmo inicial a un realismo pragmático posterior, terminando en una especie de fatalismo final que nos llevó a desear el ataque enemigo como única opción de terminar con la situación.

    Con sus buenas y sus malas, sus realidades y sus fantasías, con optimismo y pesimismo, con certezas e incertidumbres, con fortalezas y flaquezas, con actitudes altruistas y miserables, con valentías y cobardías, pero siempre con una total convicción en la causa que defendíamos, se nos fue "el ANTES".

    1ra NOCHE – 11 de junio - 18 horas

    Después de una jornada relativamente normal, matizada con ataques de artillería y bombardeos aéreos a baja altura del enemigo, con la convicción que el ataque final se acercaba, llegamos a este momento.

    La prematura noche había caído un rato antes, las rondas de mate continuaban, radio Carve de MONTEVIDEO nos informaba de lo que había pasado y, en particular sobre la visita del Papa a nuestro país.

    De pronto, en distintos sectores del dispositivo comenzaron los disparos. La intensidad creció, la frecuencia de los mensajes por radio también. Era una noche gélida y, cosa rara, totalmente despejada.

    Todos salimos de nuestras carpas y refugios, mirando en dirección a los montes LONGDON y DOS HERMANAS, donde a cada minuto se incrementaba el intercambio de disparos de todo calibre. Por radio supimos que también era atacado el monte HARRIET.

    El espectáculo era sorprendente y, si no hubiera sido porque significaba el ataque enemigo, diría que hasta cautivante.

    Los obuses estallaban, las balas trazantes con sus rebotes en las rocas y sus trayectorias disparatadas semejaban fuegos artificiales, las bengalas iluminaban la noche.

    Los detalles los conocíamos por la radio, como cuando se mira un partido por televisión y se escucha el relato por radio.

    Sin embargo, esos relatos no invitaban al optimismo. En mi interior, teniendo una misión prevista entre el LONGDON y el DOS HERMANAS y al tenor de los informes, intuía que nuestro empeñamiento estaba próximo. Nadie lo decía, pero creo no equivocarme al decir que la masa de mi gente tenía la misma percepción.

    En efecto, a las 23 horas nos ordenaron ocupar la posición de bloqueo prevista en proximidades del Valle del MOODY y, previo recuperar la sección que estaba de seguridad en el Puesto de Comando de la Agrupación Ejército, se finalizaron los aprestos e iniciamos la marcha.

    A las tres de la mañana estuvimos en la posición, cada uno en su sector, de acuerdo con las previsiones y reconocimientos y tomamos contacto con la gente del Regimiento de Infantería Mecanizado 7 según lo coordinado.

    Poco después, recibimos intenso fuego de artillería y sufrimos las primeras bajas. También aparecieron los primeros problemas derivados de la incapacidad de atender a todos los heridos al mismo tiempo con un solo enfermero, quien, además, entró en crisis por ello, hasta que logramos calmarlo. A ello se sumó la incapacidad de evacuarlos, debiendo hacerlo en forma totalmente inadecuada en un camión que circunstancialmente pasaba por la zona, agradeciendo todavía que todos los heridos se salvaran.

    Pasó el resto de la noche, con las vivencias propias del combate, con el impacto espiritual del bautismo de fuego. Mientras tanto, se nos unió una fracción del Regimiento 4 de Infantería que se replegaba de DOS HERMANAS, a órdenes del Cap LOPEZ PATERSON, de quién voy a hablar más adelante. También recibimos un disperso del Regimiento de Infantería Mecanizado 7, proveniente del LONGDON, a quién preferí enviar a retaguardia, por cuanto estaba en estado de shock por lo que había vivido y podía constituir un elemento negativo para la moral de mis hombres.

    Cuando, unos años después, leí "Viaje al infierno" de VINCENT BRAMLEY, recordé vívamente los relatos de aquel soldado.

    1er DIA – 12 de junio– 8 horas.

    Llegaron las primeras luces y con ellas, una sensación de seguridad que resultó gratificante. Es notable cómo el solo hecho de "ver" puede cambiar totalmente la percepción de la situación. Diría, sin querer pecar de exagerado, que nos embargó una sensación de optimismo.

    También nos llegó la noticia de nuestra primera pérdida, el Sargento Primero RON, a quién encontramos, como no podía ser de otra manera en él, en una posición más adelantada, de más riesgo, alcanzado por la artillería enemiga.

    La calma en las antiguas posiciones propias era total. Vimos en el LONGDON, movimiento de ingleses y, previo producir los informes del caso, abrimos fuego, iniciándose un intercambio de disparos que duraría todo el día, ambas artillerías incluidas.

    El resto de las horas de luz transcurrió entre fallidos intentos de contacto con propias fuerzas, completamiento de munición, mejoramiento de posiciones, evacuaciones frustradas, informes radioeléctricos, ayuno y expectativas inquietantes ante la nueva llegada de las sombras.

    2da NOCHE – 12 de junio – 18 horas.

    Cayó la noche, cayó también el ánimo, cundió el desasosiego, creció la convicción que, para muchos, podía ser la última noche; el fatalismo se apoderó de los hombres y el miedo empezó a carcomer las entrañas. Sin embargo pese a este escenario poco optimista, mis hombres, mis nobles oficiales, suboficiales y soldados, a quienes se sumaban los que se nos habían agregado, mantenían la decisión de hacer frente al enemigo.

    Sabíamos que los ingleses atacaban de noche, teníamos conciencia de que estábamos aislados, con nuestros flancos y retaguardia totalmente expuestos, de que el enemigo era superior, de que su preparación, equipamiento y capacidades eran mejores, de que no podíamos esperar refuerzos o apoyo de otras fuerzas. Pese a ello, estábamos dispuestos a vender cara nuestra posición.

    La gélida noche y la intensa helada daban marco a la situación. Adelantamos puestos de observación y escucha que relevábamos constantemente, para evitar los efectos del frío. Consumimos abundante munición de iluminación en la búsqueda de detectar el ataque con la mayor anticipación posible.

    Fue durante estas horas, en particular, que valoré la presencia del Cap LOPEZ PATERSON, de mayor antigüedad que yo, pero que, por una situación singular no ejercía el comando de la posición. Fue en todo momento un compañero, un guía, un referente, yo diría un amigo, que contribuyó a atenuar la "soledad del mando", tan cierta como difícil de sobrellevar. Por ese sentimiento el que comanda, en este caso yo, siente el tremendo peso de la responsabilidad sobre la vida de sus hombres. Sabe que es observado atentamente, que todos esperan sus órdenes, que su comportamiento es examinado especialmente. Paralelamente, asume todas sus falencias, siente sus propios temores, pero no tiene referente; siente la presión de que, siendo falible, no puede equivocarse; percibe con absoluta nitidez el eventual costo de un error; se siente humano como el que más pero debe deshumanizarse. En síntesis, el "mundo" está encima de él, pero no puede agobiarse.

    Con LOPEZ PATERSON y con el personal del Grupo Comando, compartimos esas interminables horas, el agua de la caramañola, el escaso abrigo disponible y hasta la tapa de un cajón de municiones para pisar y buscar que volviera el calor a nuestros congelados pies. Compartimos también rezos, temores y la desgarrante incertidumbre sobre nuestro futuro.

    Así pasó la noche y el sol, tenuemente, comenzó a iluminar el horizonte.

    2do DIA – 13 de junio – 06 horas.

    Nadie conoce las causas por las cuales los británicos aplazaron veinticuatro horas el ataque a las posiciones finales de PUERTO ARGENTINO, pero sí sé que hubo ciento cincuenta almas que respiraron con alivio cuando amaneció. En esos momentos, ganar veinticuatro horas significaba toda una vida.

    Superada la angustia vivida, con el espíritu más optimista, llegó el momento de ocuparnos de asuntos "mundanos". Después de obtener autorización, destaqué personal a nuestra zona de reunión a buscar abrigo y víveres, pues el frío nos estaba castigando mucho y el hambre se hacía sentir, después de 36 horas.

    También comprobamos que no todos soportamos adecuadamente las sensaciones vividas, detectando que el Sarg 1ro AGÜERO y el Sold BAEZ se habían escapado durante la noche, abandonando la posición. Por ello, además de hacerse acreedores al repudio y al desprecio del resto, ambos fueron juzgados al regreso, siendo el suboficial condenado.

    Con la llegada de los víveres y el abrigo, la situación mejoró un poco.

    Después del mediodía, fui convocado a MOODY BROOK para recibir la orden de repliegue. Partí solo, lo que constituyó un grueso error de mi parte, el cual, por suerte, no originó consecuencias. Durante la ida, me sentí vivamente impresionado por la infinita soledad que reinaba, el frío, el valle, el arroyo, las alturas y yo solo caminando sin otro movimiento que el mío, sin otro sonido que el de mi corazón latiendo. La calma precedía a la tormenta, el día le daba paso a la noche.

    Durante el regreso, mis sentimientos eran totalmente diferentes, sentía la urgencia de llegar en la convicción que mi demora podía significar el aniquilamiento de mis tropas, dado que empezaba a oscurecer. Corría y caminaba, transpiraba, sentía cansancio y lo vencía, hablaba sólo para calmar mi angustia y, al fin, llegué.

    3ra NOCHE – 13 de junio – 18 horas.

    El Cap LOPEZ PATERSON, alertado por la Brigada, había ordenado los aprestos para el repliegue. En dos escalones, el primero a sus órdenes y el segundo a las mías, iniciamos el movimiento, mientras se había reiniciado el fuego en todo el frente.

    Abandonamos aquel risco que nos había abrigado y protegido durante dos días, casi con alegría. Poco después de salir pudimos observar una impresionante concentración de fuego de artillería sobre la que había sido nuestra posición. La fortuna nos ayudó y nuestra salida fue más que oportuna. De haber estado allí, el efecto habría sido, a no dudarlo, devastador.

    La marcha era difícil, el frío y la humedad nos dificultaban el movimiento y el fuego y las bengalas nos obligaban a detenciones permanentes. Teníamos algunos hombres con problemas para desplazarse.

    Ocupamos la nueva posición luego de evacuar al personal en malas condiciones físicas, y de despedirme de mi compañero, el Capitán LOPEZ PATERSON, llamado a cumplir otras misiones.

    Sin embargo, no duramos mucho allí, nos ordenaron concurrir a reforzar la posición del Regimiento de Infantería Mecanizado 7 en las alturas de WIRELESS RIDGE, donde ocupamos el extremo oeste de la misma, que sería, tiempo después, el lugar donde los británicos iniciarían el ataque desde el N y el O.

    Relatar todo lo vivido en esas escasas horas es sumamente difícil; sólo diré que fue una situación límite. Antes de iniciarse el ataque enemigo, la concentración de fuego de artillería terrestre y naval fue impresionante, recibíamos fuego de misiles y de armas de todo tipo, algunas que no pudimos identificar.

    Entre el control a mis fracciones, los contactos con el Jefe del Regimiento, los informes al Comandante, la recepción de mensajes contradictorios y muchas veces malintencionados, la concurrencia a los distintos sectores para acompañar y alentar a mi gente, ordenar y ejecutar fuego, todo bajo una nube de trayectorias trazantes, explosiones de obuses, esquirlas incandescentes, fue pasando el tiempo.

    De pronto, como para anunciar la "parte principal del espectáculo" se iluminó nuestro sector gracias a bengalas terrestres y navales de los ingleses, que nos exponían totalmente a su observación, mientras ellos continuaban amparados en las sombras.

    Con ello comenzó el ataque final, incrementándose aún más, pese a que no parecía posible, los fuegos de apoyo.

    El ataque era importante, los efectivos empeñados muy superiores y el apoyo, impresionante.

    En ese contexto, dicho ataque comenzó a progresar. Todo ello motivó permanentes informes de mi parte, inclusive la ejecución de fuego de nuestra artillería, próximo a las posiciones ocupadas por mi personal, generado por la cercanía del enemigo.

    Ordené sucesivos repliegues para evitar el aferramiento de mis fracciones, hasta que la situación impuso al Comandante ordenar nuestro repliegue, después del Regimiento 7, hacia la localidad.

    Llegamos ordenadamente, sumamente cansados, con el sabor amargo de la derrota en la boca. Nos ordenaron instalarnos y defender la Secretaría de Gobierno.

    Analizamos las novedades, de lo cual resultó que, además de varios heridos, tuvimos que lamentar cinco muertos y un desaparecido. Este último se reunió con nosotros dos días después, durante los cuales estuvo prisionero de los ingleses.

    En ese lugar pudimos descansar un poco después de pasar dos días de intenso frío, casi sin comer y con escaso descanso. Pienso que lo teníamos merecido.

    3er DIA – 14 de junio – 0700 horas.

    Ya de día, la situación que se vivía era confusa, la carencia de órdenes era la norma. Ante ello, evacué al personal herido y con principio de congelamiento y reorganicé a mi gente, ya sin los agregados de otras unidades, con quienes perdí contacto durante la noche.

    Podía formar tres secciones de treinta hombres con armas livianas más el Grupo Comando y un reducido Grupo Servicios, hecho que informé a la Brigada.

    Tiempo después, un estafeta enviado por el Jefe natural del Escuadrón, Mayor CARULLO, que estuvo afectado a otras misiones con otra parte del mismo, me transmitió la orden de reintegrarme al resto de la Subunidad en el Apostadero Naval, actividad que concretamos sobre el filo del mediodía.

    A las 1630 horas se recibió la orden del toque de queda a partir de las 1900 horas; aparentemente, se había producido la capitulación.

    El "DESPUES"

    Inicialmente, se sucedió un período de incertidumbre caracterizado por órdenes, contraórdenes, carencia de órdenes, rumores, o sea desorden, que por suerte no se nos contagió, manteniéndonos unidos y disciplinados.

    Así llegó la orden de no destruir los vehículos y el armamento, pese a que después se negó su impartición. Pese a ello, alguna maldad hicimos.

    Así llegaron los primeros ingleses a nuestro sector, sin que hubiera altercados.

    Tuvimos que entregar nuestro armamento, en un acto que nos sumió en la mayor frustración, en una profunda amargura. La sensación de la derrota nos invadió, provocando un desánimo generalizado.

    Después de tanta acción, de las incesantes actividades realizadas, de las impresionantes sensaciones vividas, de pasar por situaciones extremas, de sentimientos encontrados, de la vivencia de los horrores de la guerra, de tener que lamentar muertes entre nosotros, de sentir el lacerante sabor de la derrota, llegó la calma, llegó el momento de la reflexión, del arrepentimiento por haber hecho algunas cosas y dejado de hacer otras, de las culpas, de las satisfacciones, del orgullo por mi gente.

    Es posible que el tiempo de reflexión aún no haya finalizado. Sin embargo, sin olvidar el calor de aquellos momentos, asumiendo nuestras conductas, con aciertos y errores, concluyo sin equivocación que la fracción a mis órdenes, pese a sus imperfecciones, se empeñó todo lo posible, intentó cumplir con sus misiones, expuso un elevado espíritu de sacrificio, evidenció valores morales y de carácter, acreditó virtudes de soldado; en síntesis, respondió a lo que se esperaba de ella, a lo que yo confiaba que podía dar, independientemente del lamentable y no deseado epílogo de la lucha.

    No puede haber satisfacción completa en la derrota, siempre va a ser limitada. El soldado, naturalmente, se prepara anímicamente para la victoria: si no, no lucharía; en su espíritu no hay lugar para la derrota. Nosotros no fuimos la excepción.

    Así llegó el momento del embarque, la separación de los oficiales del resto, el regreso del Escuadrón al continente sin ningún oficial a cargo, al mando de su encargado el Suboficial Mayor CRUZ, dando en todo momento ejemplo de disciplina y comportamiento propio de soldados.

    Esto último lo supimos por referencias, llenándonos a los oficiales de orgullo, dado que todos quedamos un mes como prisioneros de guerra.

    Pero esa es otra historia.

    (El autor se desempeñó en el momento del relato, con el grado de Capitán, como 2do Jefe del Escuadrón de Exploración de Caballería Blindado 10 "Coronel ISIDORO SUAREZ") (Hoy, ya retirado, quien narró esta historia es General.)

    Como dije al principio, esta es la historia de la única UNIDAD de Caballería que combatió (a pie) en Malvinas, una UNIDAD de HERMANOS, una UNIDAD...

    "POR SOBRE EL MEJOR"

    "SOLDADOS POR UN TIEMPO... HERMANOS PARA SIEMPRE"

    VGM EECB10 JORGE EDUARDO CHOQUE